Cambio Climático y globalización de la Quinua

Quinua

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Durante la década de los ochenta, la falta de un mercado interno rentable llevó a los agricultores del altiplano boliviano a buscar plazas externas, de modo que, en 1986, pudo registrarse la primera exportación formal de 180 toneladas de quinua hacia los EE.UU. Desde entonces, dicho grano dejó de ser un producto de intercambio por trueque, base de la alimentación de la población alto andina, para convertirse en un commodity agrícola, y ver transformarse sus tipos de producción y comercialización.

Actualmente, el mercado de la quinua es global, y Bolivia y Perú representan el 92% de la producción mundial. Desde aquella primera transacción, en el país vecino el precio por tonelada del grano no sólo ha aumentado en un 8700%, sino que el rendimiento por hectárea ha disminuido[1]. Esto podría indicar que el sistema de producción adoptado para responder a la demanda global no es el más adaptado al ecosistema local. A nivel micro, en una comunidad productora de quinua, se ha dado un efecto directo en las dinámicas de rotación de tierras entre cultivos y ganadería, hecho que pone en riesgo la continuidad del sistema agropastoril local.

La quinua (Chenopodium quinua) es considerada un cereal, cuando en realidad pertenece a la familia de las ‘Chenopodiaceae’, como la espinaca. Su ecosistema ideal se encuentra entre los 2500 y 4000 m.s.n.m., en zonas áridas o semi-áridas, por lo que su producción se concentra en el Altiplano, donde los suelos en su mayoría son arenosos y altamente vulnerables a la erosión eólica. Las condiciones climáticas extremas del Altiplano impiden el cultivo de otras plantas alimenticias, además de la papa (Solanun tuberosum), en su variedad amarga, y solo permiten la crianza de aquellas especies de animales que están más adaptadas a este medio, como los camélidos: Alpacas (Lama paco, L.), llamas (Lama glama L.) y también ovejas (Ovies aries).

Antes del boom, la quinua era cultivada, junto con las papas, en las laderas de los cerros. Así se protegía dichos cultivos de las heladas y se destinaba la pampa para la ganadería de camélidos, según los ciclos de producción de las parcelas. Estas se encontraban distribuidas a modo de mosaicos sobre el territorio comunal, iban rotando y así se aseguraba no sólo el descanso del suelo, sino también su fertilización, a través de la quema de terrones y de bosta. La movilización del ganado también resultaba de vital importancia, ya que suministraba una materia orgánica ya de por sí escasa en este territorio. Este sistema agropastoril respondía de manera eficiente a las extremas condiciones climáticas locales y se sostenía en la observación local de los eventos climáticos, constituyendo así una estrategia local de adaptación para hacer frente a condiciones climáticas tan adversas como las que presenta el Altiplano.

RIESGO DE LA SEGURIDAD ALIMENTARIA EN UN CONTEXTO DE CAMBIO CLIMÁTICO

Uno de los efectos a nivel micro del boom de la quinua –desde un punto de vista agroecológico–, es que al destinarse ahora la mayor parte de las tierras de la comunidad al cultivo de la quinua, sin descanso, sobre la pampa y en las laderas de los cerros, se ha inducido una erosión acelerada de los suelos. Además, en un campo de cultivo, en tanto menor sea la diversidad específica o la diversidad varietal, más alto es el riesgo de que los campos sean vulnerables ante las cada vez más impredecibles variables climáticas o frente al ataque de plagas. Ello ha llevado a algunos agricultores a comenzar a utilizar pesticidas en gran cantidad, precisamente para proteger sus cultivos y garantizar la cosecha. Por otro lado, aunque la producción de la quinua sea orgánica, siempre existe un proceso de selección, a nivel de las variedades que se encuentran mejor adaptadas a las demandas del mercado, lo que ocasiona una altísima erosión en términos de su diversidad varietal, un potencial que difícilmente será reparable. Estas variedades y ecotipos son de vital importancia porque son, justamente, el resultado de miles de años de experimentación, conservación y diversificación de la planta, y porque son las que aseguran una mayor capacidad de adaptación y supervivencia frente a fenómenos climáticos extremos. Es por ello que el boom de la quinua no sólo se ha constituido en una amenaza para la continuidad de los sistemas locales de conservación in-situ, sino que, antes que de cualquier otra cosa, se trata aquí de una cuestión que pone en riesgo la seguridad alimentaria de las poblaciones locales, así como su derecho a la alimentación.

En las comunidades productoras de quinua del Altiplano boliviano se puede observar un cambio radical en los patrones de alimentación. Hoy en día, los productos base del consumo lo constituyen fideos, arroz y azúcar; simplemente porque les resulta mucho más rentable vender que consumir lo que producen. Es por ello que los casos de malnutrición en la población infantil son cada vez más comunes. Además, con el desplazamiento de la actividad ganadera no sólo se pierde una técnica tradicional de manejo de los suelos, sino, sobre todo, la fuente más importante de proteínas a nivel local, y de fibras animales para protegerse del frío (enfrentado con fibras sintéticas importadas y menos eficientes). Si bien las comunidades del Altiplano boliviano y peruano tienen ahora la oportunidad de incorporarse a un mercado global, la supervivencia del sistema agropastoril local se encuentra más amenazada que nunca, frente al aumento en la frecuencia y magnitud de fenómenos climáticos extremos. Especialmente en un contexto de cambio climático.

LA QUINUA EN LOS MERCADOS GLOBALES

Por otro lado, el precio de la quinua se ha visto incrementado de manera muy significativa, principalmente por dos razones: La alta demanda del mercado global (en primer lugar, EE.UU., seguido por la Unión Europea) y su limitada producción. El ‘Chenopodium quinoa’ es una planta que requiere de condiciones climáticas muy específicas. Por ello, hay que enfatizarlo, su cultivo se concentra en el Altiplano.

Sin embargo, según la FAO, desde hace unos años se vienen realizando experimentos para cultivar quinua en África y Asia. Aparentemente están teniendo particular éxito en Kenya, en el Himalaya y en las planicies del norte de la India[2], así como también en los EE.UU., país que es ahora el tercer productor mundial. El mercado global no demanda quinua peruana o boliviana específicamente; simplemente demanda quinua y no hace distinción alguna de acuerdo a su procedencia. El precio del grano bajará cuando su cultivo se extienda a otras zonas. Así, la oferta y la demanda encontrarán un punto de equilibrio. Además, en los últimos años, el fornio (Phormium thenax), un grano de África, viene supliendo aquella demanda que la producción actual de quinua no puede satisfacer. Bastaría que el fornio u otro producto se constituyera, paulatina y eventualmente, en un sustituto de la quinua, para que la demanda y el precio internacional se vieran afectados. Esta es una historia conocida ya por todos. Sucedió con el azúcar y el algodón, a principios del siglo XX, cuando los sistemas locales de producción se vieron alterados por una repentina alta demanda global. Ello puso en riesgo la resiliencia de los sistemas agrícolas locales y, seguidamente, la misma seguridad alimentaria de la población.

LA SOSTENIBILIDAD DEMANDA CREATIVIDAD

¿Qué pasará con los agricultores altoandinos si el mercado de la quinua colapsa? ¿Cuál será su capacidad de respuesta en condiciones climáticas tan adversas? ¿En qué estado se encontrará el sistema de producción local? ¿Esta erosión biológica implica también una erosión cultural, es decir, de los conocimientos y las prácticas de producción local?

Si bien hasta hace poco los productos andinos no eran valorados –habiendo tenido incluso que pasar por un proceso de “aculturación”, a través de su aceptación en Europa y mediante el boom culinario, para que la clase media se interesase por ellos–, los precios actuales son reflejo de una especulación en torno a los commodities a nivel global, y no hace más que poner en riesgo los sistemas alimenticios locales. Resulta fundamental hacer el ejercicio de analizar estos fenómenos, aparentemente simples e inocuos, a partir de varias escalas, de lo global a lo local, para desmembrar las relaciones intrínsecas entre el equilibrio ecosistémico local, la conservación de la biodiversidad y los mercados globales. La dinámica de la quinua en el mercado global parece apuntar hacia una especialización de las producciones. De ser cierto, las funciones particulares de los cultivos y el ganado en el ecosistema ya no podrían ser garantizadas.

Tenemos mucho que aprender de la experiencia del boom de la quinua en Bolivia. Si bien la apertura del producto al mercado global constituye una oportunidad única y sin precedentes para las comunidades altoandinas que la producen, debemos imaginar nuevos modelos que aseguren la sostenibilidad de su producción, pero que no vulneren la seguridad alimentaria a nivel local. Podríamos proponer una suerte de D.O.C. (Denominación de origen controlado), que valorice no sólo el commodity en sí –es decir, la quinua–, sino también las técnicas y los conocimientos agropastoriles locales, asociados al territorio altoandino. En todo caso, el fenómeno de la globalización del mercado de la quinua requiere de respuestas creativas y pluridisciplinarias, pero, sobre todo, la develación del status quo alrededor de los riesgos de los sistemas de producción actuales.

(*) Claudia Benavides es antropóloga e investigadora independiente, trabajó para GIZ para la naturaleza y la Sociedad Peruana de Derecho Ambiental. El artículo fue publicada en Noticias SER.

 

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